Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.

—Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de siniestro—; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla antes de que pueda usted defenderse.

Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.

—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; ¡le juro que voy a disparar otra vez! ¡Le mataré!

—A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero si no me mata, entonces...

En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el tiro.

—No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene ésta aún una cápsula; espero.

En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre moriría antes que renunciar a su designio.

Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.

De repente la joven tiró el revólver.