—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró libremente.

No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo la naturaleza del alivio que experimentó.

Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.

—¡Suéltame!—suplicó Dunia.

Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.

—¿De modo que no me amas?—preguntó en voz baja.

Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.

—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó él con acento desesperado.

—¡Nunca!—murmuró la joven.

Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.