—¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?—gritan varias voces en el grupo.
De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
—¡No quiere morir!—gritan los del grupo.
—¡No le queda mucho de vida!—observa uno de los que contemplan regocijados el bárbaro espectáculo—. Se acerca su último momento.
—Dale con un hacha; es el medio de acabar con él—apunta un tercero.
—Dejadme—dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el carro, y toma una barra de hierro—. ¡Fuera!—grita, y asesta un violento golpe al pobre caballo.
El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado instantáneamente los cuatro miembros.
—¡Acabemos!—aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante. Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
—¡Ha muerto!—gritan en el grupo.