—¿Por qué no quería galopar?

—¡Era mío!—gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.

Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la muerte le hubiese quitado su víctima.

—¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!—gritan indignados algunos asistentes.

El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra al fin y le aparta de la gente.

—¡Vámonos, vámonos!—le dijo—. Volvamos a casa.

—¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?—solloza el niño; pero le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.

—¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con ellos!—dice el padre.

Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere respirar, grita, y se despierta.

Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.