A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.
—¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de esta habitación!
—Sí; ya es tiempo de que me vaya—balbuceó el joven—. Perdóneme usted si le he molestado.
—Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado gran placer y me complazco en declararlo.
Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.
—Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.
—Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.
—También yo lo he tenido... Hasta la vista—dijo Raskolnikoff sonriendo.
Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared para no caerse. Le pareció que un dvornik, que se dirigía al despacho de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía a entrar en la oficina de policía.
Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba el mismo mujik que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff en la escalera.