—¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?

Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.

—¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!

Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en silencio. Trajeron agua.

—Yo soy...—empezó a decir Raskolnikoff.

—Beba usted.

El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente declaración:

Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana Isabel.

Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.

Raskolnikoff repitió su confesión.