Le latía el corazón hasta hacerle daño.
—¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?—dijo Anastasia—. Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...
—¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el dvornik? Todo se ha descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin levantarse del sofá. Anastasia y el dvornik aparecieron en el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
—Es una citación. Procede de la comisaría—dijo el dvornik.
—¿De qué comisaría?
—¡De cuál ha de ser! De la de policía.
—¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
—¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en boca.
El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor suyo y se dispuso a retirarse.