—Parece que estás peor—observó Anastasia, que no separaba los ojos de Raskolnikoff.

El dvornik volvió la cabeza.

—Desde ayer tiene fiebre—añadió la criada.

El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.

—Quédate acostado—prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver que se disponía a levantarse—. Estás enfermo, no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes en las manos?

El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.

—¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un tesoro!...

Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que le era habitual.

Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»

—¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...