—No, voy allá, voy en seguida—balbuceó.
—¿Pero podrás bajar la escalera?
—Quiero ir.
—Allá tú.
Anastasia salió detrás del dvornik. Raskolnikoff se puso en seguida a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las nueve y media de aquel mismo día.
—¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!—se dijo, presa de la más viva ansiedad—. ¡Señor, haced que esto acabe lo más pronto posible!
En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
—Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor, me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner riéndose otra vez.