—Sí. Es un hombre de más capacidad.
—¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
—Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle—dijo el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff—. Si posee usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del envío de esa cantidad.
—Sí; me acuerdo... Vakruchin...—dijo Raskolnikoff, procurando hacer memoria.
—¿Quiere usted firmarme el recibo?
—Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?—dijo Razumikin.
—Sí, aquí está.
—Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el dinero es la miel de la humanidad.
—Yo no tengo necesidad de dinero—dijo Raskolnikoff, rechazando la pluma.
—¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?