—No firmo.

—¡Pero si tienes que dar un recibo!

—No tengo necesidad de dinero.

—¿No tienes necesidad de dinero?—repitió Razumikin—. Amigo mío, faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto... Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará. Vamos, ayúdeme usted.

—No; puedo volver otra vez.

—De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este señor... ya ves que te espera.

Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.

—Deja; lo haré yo solo—dijo éste.

Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y se marchó.

—¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?