—¿Te burlas de mí?
—¿Pero un poco de te sí tomarás?
—Eso sí.
—Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de preocuparle.
—Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para preparar la bebida a Raskolnikoff—dijo Razumikin volviendo a sentarse en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
—¿Y dónde va a buscar la frambuesa?—preguntó Anastasia que, teniendo el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través del azúcar».
—Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación de tu domicilio. Estás inscrito allí.
—¿Que estoy inscrito?
—¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el dvornik, con Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin, con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a Anastasia.