—Por fuerza la has embrujado—murmuró la criada con una sonrisa maliciosa.

—Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres? ¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?

—Sí—balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.

No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.

—¿Verdad que sí?—exclamó Razumikin—. ¿No es una mujer muy inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan. Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual, porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y, naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que tu madre pagaría...

—He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida—dijo Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.

—Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar. Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise, para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora, no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.

—¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?—preguntó Raskolnikoff, después de una pausa.

—Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre todo cuando he venido con Zametoff.

—¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...