[28] Salicio laméntase de celos; Nemoroso llora la muerte de su pastora Elisa. Salicio es Garcilaso, y Elisa, según todos los comentadores, es D.ª Isabel Freyre, dama portuguesa, esposa de D. Antonio de Fonseca. Muchos, desde Herrera, han creído que este D. Antonio es el Nemoroso de la égloga; muchos más, desde el Brocense, han dicho que Nemoroso no es sino Boscán, «porque nemus es bosque», y D. Luis Zapata, autor del Carlo Famoso, asegura, en efecto, que Boscán conoció a Elisa en la Corte, como dama que era de la Emperatriz D.ª Isabel de Portugal, y «fue su servidor antes que casase»; pero ambas opiniones en lucha han dado sus razones contrarias y se han destruido mutuamente. Y dice D. Manuel de Faria y Sousa: «Lo cierto es que no fue Boscán ni otro alguno, sino que Garcilaso se representa con ambos nombres, y esto es ordinario en los escritores de églogas... El introducir nombres sirve solo al diálogo; pero la persona es una sola. Así en la égloga de Garcilaso, lo mismo es Salicio que Nemoroso.» El enamorado de D.ª Isabel Freyre, según el mismo Faria, no fue Boscán, sino Garcilaso «que de sus amores fue muy derretido estando ella en Palacio, y a ella son los más de sus versos... como quien la galanteó antes de casar». Sa de Miranda llama siempre Nemoroso a Garcilaso. D.ª Carolina Michaëlis de Vasconcellos defiende la opinión de Faria y Sousa, y el maestro Menéndez y Pelayo dice: «Prefiero la tradición de Faria a la de Zapata, porque no es verosímil, ni posible siquiera, que la divina lamentación de Nemoroso, que es lo más tierno y apasionado que brotó de la pluma de Garcilaso, sea el eco o el reflejo de una pasión ajena, de la cual, por otra parte, no hay rastro en los versos de Boscán. Garcilaso ha puesto en aquellas estancias todo su corazón, y habla allí en nombre propio, no en el de su amigo, ni mucho menos en nombre del marido de su dama.» Todo esto con más extensión y con la documentación necesaria puede verse en el tomo XIII de la Antología de Menéndez y Pelayo, págs. 55 a 60.
[29] Estado Albano: el Reino de Nápoles, llamado así, acaso, por la vieja y famosa Alba-Longa, o por Alba, ciudad también famosa, donde los romanos hospedaban a los reyes bárbaros, sus cautivos. Se ha creído que Albano es nombre propio (Bello-Cuervo, Gram., París, 1907, § 1171), y se ha dicho que representa al mismo Virrey (Mérimée, Litt. Esp., París, 1908, pág. 156); no advirtieron tal cosa los comentadores antiguos; ni D. Pedro era hombre para juegos pastoriles, ni Albano figura para nada en las églogas de Garcilaso, y si llama la atención encontrar en las ediciones antiguas estado-Albano, no siendo entonces obligada la mayúscula inicial de verso, téngase presente que también se imprimía tigre Hircana, campo Placentino, campo Sarracino, arte Cortesana, sangre Turca, etc., sin tratarse de nombres propios. Son ejemplos del texto de Tamayo, Eg. II.
[30] Marte, para los griegos era el más odioso de los inmortales; los romanos le tenían por dios favorable y bienhechor; este rasgo, en pequeño, retrata a ambos pueblos.
[31] sobras = superas. Sobrar tiene la misma etimología que superar, y en este caso tiene también la misma significación, que es la del latín superare. Repítese en la Eg. II, [versos 1529] y [1540]. El poeta juega aquí del vocablo entre faltar y sobrar, este último en sus acepciones culta y corriente.
[32] dino = digno, como maníficas, [Eg. II, v. 395]. Demuestra que en aquel tiempo se pronunciaba dino, aun en lenguaje culto, el hecho de encontrar en buenos poetas rimas como contino, dino, etc. (F. Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, pág. 402.)
[33] Perífrasis del laurel con que se coronaban los guerreros triunfantes y los poetas heroicos, los eróticos se coronaban de mirto, y de hiedra los poetas menores. (Herrera, pág. 411.) Apolo dijo al laurel-Dafne—: «Tu follaje adornará mi cabellera y mis armas, y servirás de atavío a los guerreros del Lacio al resonar los alborozados gritos de la victoria y al desplegar el Capitolio sus triunfales pompas.» Ovidio, Metamórfosis, lib. I, fáb. X; véase adelante el soneto [XIII].
[34] La hiedra simboliza afecto y humildad; repítese esta imagen adelante, [versos 135] y [243] de esta misma égloga: «Fue Ciso —la hiedra— un mancebo que servía a Baco de danzante... y ejercitándose una vez delante él en aquel oficio, cayó en el suelo y se mató del golpe; y la tierra por honra de Baco crió... una planta, que luego que salió por la tierra, comenzó a abrazar la vid de la mesma suerte que solía en las danzas y bailes abrazar y rodear Ciso a Baco.» (Herrera, pág. 411.)
[35] el altura. En tiempo de Garcilaso era lícita esta construcción: el alegría, [Eleg. I, v. 261]; el ausencia, [Eleg. II, versos 72] y [80]; el aspereza, [canc. IV, v. 1]; el amarga memoria, [soneto XIX, v. 11], etc.; pero luego se admitió el con femenino, tan solo en el caso en que siguiese a acentuada, el alma, etc. (R. Menéndez Pidal, Gram. Hist., § 100,2.)
[36] Herrera escribió aquí un’ alta haya; en el verso siguiente, un’ agua; en el 69, un’ hora, y así en muchos casos análogos, Eg. I, v. [217, 218], [257], etc.; [Eg. II, 580], [718], etc.; yo he prescindido del apóstrofo y de la vocal a, huyendo de la contradicción de otros editores que, en iguales circunstancias, y sin motivo razonable, han escrito unas veces un alta, un agua, un hora, etc., y otras, una alta, una agua, una hora; comp., por ejemplo, en la edición de Castro, Eg. I, v. 46, 47, 218, y 69, 259; Eg. II, 182, 718, etc.
[37] Galatea, Elisa, Camila, Gravina, Flérida y Filis son los nombres de las pastoras de Garcilaso, pero la historia recuerda preferentemente a la primera unida al nombre del poeta: «Aquella cuyo nombre entronizado — por vos ha sido más que de Catulo — el nombre de su Lesbia celebrado... — Más que del claro Castillejo, Ana, — Más que de Garcilaso, Galatea...» (F. Rodríguez Marín, Barahona, pág. 29.)