[118] «Para que se entienda la propiedad destas ninfas que aquí pone, digo que Nayades, son de los ríos; Napeas, de los collados; Dríades, de los bosques; Hamadríades, de los árboles; Oreades, de los montes; Henides, de los prados.» (Brocense, nota 149.)

[119] Las napeas son la verdadera guarda del bosque. Creo, a pesar de Castro, que en esta frase no hay nada contrario a la Gramática.

[120] A las orejas de algún purista acaso suene mal esta expresión, como a la de aquellos contemporáneos de Herrera que hubieran querido enmendar divinos oídos, «por parecerles que no significan orejas, en el sermón vulgar, sino las del asno... lo cual no es otra cosa que una solicitud demasiadamente curiosa y afectada, y que procede antes de inorancia, que del conocimiento de la fuerza y hermosura de nuestra habla... ¿Mas qué, merecen menos las orejas, varia y hermosísima parte de la composición humana, que las otras que constituyen el cuerpo? ¿No son ministras de nobilísima operación? ¿No es esta voz bien compuesta? El oído, ¿no es ajeno de la significación dellas? ¿Pues qué barbaria se ha introducido en los ánimos de los nuestros, que huyen como si fuese sacrilegio inespiable, el uso de esta dición?...» (Herrera, Anotaciones, 568-569.)

[121] Dríades o Hamadríades son las ninfas de los bosques que viven en los troncos de los árboles:

«Y así las ninfas, el cantar rompido,

Volviendo al campo do el oculto moro

Riquezas guarda con el puño avaro,

Desnudas se metieron

En las encinas huecas, do salieron.»

Luis Barahona de Soto. Fin de la égloga de las Hamadríades.