[225] El de Tracia es Orfeo, a quien se refieren las dos octavas siguientes.
[226] «No dejaré de notar el cuidado de las palabras de Garcilaso en todo lo que es ornato de las mujeres, cuya blancura, particularmente en los pies, repite tantas veces.» (Tamayo, notas, fol. 65.)
[227] Por si alguno aspira a resolver la cuestión advertiré que hay discrepancia entre los autores sobre si la sierpe que mordió a Eurídice fue pequeña o grande. (V. Brocense, nota 215.)
[228] En otro lugar, [Eg. II, v. 942], fue necesario decir parte de esta fábula. Dejaron, pues, a Orfeo, marido de Eurídice, que sacase a su esposa de los infiernos, pero con la condición de que no había de mirarla hasta que saliese de los límites y jurisdicción de ellos, y no habiendo podido abstenerse de verla, le fue arrebatada por segunda vez; Orfeo, desesperado de su infortunio, retirose sobre el monte Hemo. (Ovidio, Metam., lib. X, fáb. I.)
[229] Hallábase Cupido ofendido contra Apolo porque este se había atrevido a burlarse de las astucias del Amor; fue su venganza dispararle una flecha dorada para rendirle al amor de Dafne, y, al mismo tiempo, inspirar a esta un gran desamor hacia Apolo.
[230] La fábula de Apolo y Dafne se trata más adelante en el Son. XIII.
[231] Cupido hiere con dos géneros de saetas; con las de oro engendra el amor firme y verdadero, [v. 152]; con las de plomo inspira la antipatía y el desdén. (Ovidio, Metam., lib. I, fáb. X.)
[232] Adonis, hijo de Mirra, de famosísima belleza, fue amado de Venus con la mayor ternura. Un día estando cazando hirió a un jabalí, el cual se volvió contra él con la mayor furia y le mató. (Ovidio, Metam., lib. X, fáb. X.) Y quieren decir que aquel jabalí no fue sino el dios Marte, enamorado de Venus, y convertido expresamente en aquella fiera para matar a Adonis por los celos que le tenía. (Brocense, nota 217.)
[233] Porque Herrera creyó excesivo el color de este detalle, contesta Tamayo, notas, fol. 71: «Melindre es llamar complosiones torpes estos afectos cuidadosos en Garcilaso, pues es imitación de Virgilio; díjolo doctamente nuestro poeta con alusión a la costumbre antigua de recibir con la boca, los parientes y amigos, el último aliento de los que se morían...»
[234] Pinta Garcilaso en las dos octavas siguientes «la ciudad, cabeza y asiento del Imperio de España, Toledo, su patria, con tanta grandeza y suavidad de palabras, que dudo haya cosa mejor tratada en todas sus obras, ni más digna de la majestad de tan insigne madre, ni del ingenio de tan noble hijo...» (Tamayo, notas, fol. 72.)