[245] trastornarse, trasponerse. Barahona de Soto dio a trastornarse esta misma acepción en los siguientes versos de su Égloga III:
«Cual con sencillo rostro y pecho tierno
Al levantar del sol o al trastornarse
Te ofrecerá el panar recién cogido...»
[246] «Adagio es latino: Aquae furtivae dulciores. Mucho sabe lo hurtado.» (Brocense, nota 225.) No latino, sino hebreo, cree Tamayo, fol. 77, esto de que las aguas hurtadas son las más dulces o las que mejor saben.
[247] «Aquí, sin duda, se descuidó nuestro poeta, porque hace dos vientos, siendo uno; porque al que los griegos llaman zephyro, porque trae vida, llaman los latinos favonio, porque favorece la vida, de modo que la cosa es una y los nombres son dos.» (Brocense, nota 227.) A este parecer se inclina también Herrera; pero D. Tomás Tamayo defiende a Garcilaso con el testimonio de muchos escritores antiguos que, como él, tuvieron a zefiro y favonio por vientos diferentes, notas, fol. 78. D. Adolfo de Castro, pág. 23, prescindiendo de esa defensa, cree que, «o Garcilaso se engañó o puso el nombre de otro viento que equivocaron los escribientes o los impresores». Queda, pues, esta cuestión en planta como la de la sierpe de Eurídice, [Eg. III, v. 130].
[248] «El cuerno de Amaltea —o cornucopia—, que denota la fertilidad y abundancia de las cosas, no era de buey como fingían los pintores, sino de plata, que quien la tuviere puede pedille lo que quisiere, que se lo dará. Fue Amaltea... una mujer vieja y muy rica que contrataba, la cual guardaba en un cuerno la mayor parte de la ganancia... y robándoselo Hércules lleno de dineros, vivía a su gusto y deleite, y de aquí tuvo origen decir que el cuerno de Amaltea ministraba a Hércules todos los bienes.» (Herrera, pág. 686.)
[249] Dijo Garcilaso esto de morir la yerba «por la opinión de Pitágoras que creía que las plantas y otras cosas, no solo vivían, sino que sentían el mal que les hacían; o porque la resolución de la forma no es otra cosa que muerte.» (Tamayo, notas, fol. 79.) Esto último, sin necesidad de acudir a la doctrina pitagórica, es suficiente explicación, dada la natural inclinación y libertad que tienen los poetas para suponer vida y sentimientos en lo inanimado.
[250] escogiolo. Andrés Rey de Artieda en sus Discursos, epístolas y epigramas de Artemidoro, Zaragoza. 1605, censuraba a Garcilaso esta forma, porque, según él, sería más concreto escogiole. (Castro, pág. 23.) Nuestro texto —es decir, el de Herrera— es loísta, [Eg. II, v. 1088], [1099], [1307], [1308], [1364], [1399], [1400], [1567], etc.; en todos estos casos el de Tamayo es leísta. La indecisión entre le y lo, que aún dura en nuestra lengua, viene manifestándose desde los textos más antiguos. (V. R. Menéndez Pidal, El Cantar de Mío Cid, tomo I, Parte II, § 130.)
[251] Al Duque de Alba en la muerte de D. Bernardino de Toledo, su hermano. — De regreso de la conquista de Túnez (1535), y de resultas de los muchos padecimientos que en aquel país ardiente, seco y arenoso había pasado, murió el gallardo joven D. Bernardino de Toledo, hermano del gran Duque de Alba y amadísimo amigo de Garcilaso. Murió en Túnez, según Argote de Molina, Nobleza de Andalucía, lib. II, cap. XXII; en Trápana, camino de Palermo, según Sandoval, Historia de la vida del Emperador Carlos V, lib. XXII, § 48, o en la ciudad de Palermo, como dice Navarrete, pág. 67, desmintiendo a los anteriores.