[272] «Este confusísimo terceto quiere decir que el Mantuano Virgilio, en sus eternos versos, nos conserva la memoria de que Anquises está enterrado en Trápana —ciudad de Sicilia—. Libro III de la Eneida.» (Azara.)

[273] «Llama César Africano al Emperador Carlos quinto porque venció a África.» (Brocense, nota 66.)

[274] De la celebridad de este verso dan testimonio Sa de Miranda, en su égloga Nemoroso; Barahona de Soto, en su soneto a Herrera, a propósito de las Anotaciones, y Lope de Vega, v. Cayetano A. de la Barrera, Nueva biografía, tomo I de las Obras de Lope de Vega, publicadas por la R. A. Española, Madrid, 1890, pág. 122.

[275] Dice Cienfuegos (Vida del Grande San Francisco de Borja, Madrid, 1726, pág. 49) que «lo que más robaba en Garcilaso la afición del Marqués de Lombay... era el no haber sentido jamás en sus labios respiración que empañase la fama ajena...; escribiendo con pluma elegante en todos los estilos, solo parece que ignoraba el de la sátira, en que son elocuentes y agudos aun los menos discretos».

[276] Llama la patria de la Sirena a Nápoles, que antes se llamó Parténope, por una de las tres Sirenas así llamada, cuyo cuerpo allí se halló. (Brocense, nota 66.)

[277] Nápoles fue tierra de muchos deleites y regalos, según el testimonio de los clásicos (V. notas de Azara y Tamayo, y acaso por esto la tradición la hizo patria de las Sirenas.) Era una ciudad nobilísima, vestida de jardines y bellos edificios, y llena de caballeros y gente rica, «domicilio de hombres ociosos, que muchos, por huir de negocios, se iban de Roma a ella». (Herrera, págs. 359-364.)

[278] Sobre estos amores a que alude el poeta véase adelante, [nota al Son. XXVI, v. 1].

[279] «Quiere decir: Este temor persigue la esperanza y oprime el gran deseo de su holganza, con el cual deseo van mis ojos.» (Brocense, nota 69.)

[280] «La túnica de diamante significa la fortaleza, que tan importante es para la guerra; aunque escribe San Isidoro que pintaban a Marte con el pecho desnudo y sin armas, porque el que se halla en la guerra, se debe arrojar en la batalla sin miedo de la muerte.» (Herrera, pág. 346.)

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