de aquella por quien vivo me encendía,[108]

llegué ya casi al punto de morirme,

mil veces ella preguntó qué había,425

y me rogó que el mal le descubriese,

que mi rostro y color lo descubría.

Mas no acabó con cuanto me dijese,

que de mí a su pregunta otra respuesta

que un sospiro con lágrimas hubiese.430

Aconteció que en una ardiente siesta,

viniendo de la caza fatigados,