«Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi principis Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am dm Hibernie descripta serenissio principi Alfonso Regi Portugalie illustri per humilen servitoren sm Willm. Sav. Decanu capelle supradicte.»

¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.

Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el Espinheiro, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don Jerónimo mi calidad y mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por los planes que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que usase de su valimiento para que la educación dada a los muchachos tuviera por base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la mitad de las Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía gustoso a su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi oferta con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de mis intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí que yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia, manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad; que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras de la noche que durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.

Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de nuevo con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes le habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en general, viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo tampoco tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría buenas armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, mostrándome uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de que suelen estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos se emplean para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz que el puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—. Aquí llevo una oraçam, o plegaria, escrita por una persona de virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como la curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento al hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos, y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el cortaplumas, y sin descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel, bastante grande, cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento para examinarlo. Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan manchado de sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido; al cabo conseguí hacer la siguiente transcripción literal del conjuro, escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella ocasión, por tratarse de la composición más extraordinaria que había visto:

El conjuro.—«Justo juez y divino Hijo de la Virgen María, que naciste en Belén, Nazareno, y fuiste crucificado entre la muchedumbre de los judíos, te suplico, Señor, por tu sexto día, que mi cuerpo no sea preso por la justicia ni reciba de sus manos la muerte, la paz sea con nosotros, la paz de Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con nosotros, dijo Dios a sus discípulos. Si la maldita justicia recela de mí, o pone en mí sus ojos, para apoderarse de mí o robarme, que sus ojos no puedan verme, que su boca no pueda hablarme, que sus oídos no puedan oírme, que sus manos no puedan agarrarme, que sus pies no puedan seguirme; de suerte que, armado con las armas de San Jorge, cubierto con el manto de Abraham y embarcado en el arca de Noé, no puedan verme, ni oírme, ni verter la sangre de mi cuerpo. Te conjuro, además, Señor, por aquellas tres benditas cruces, por aquellos tres benditos cálices, por aquellos tres benditos sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me des aquella dulce compañía que diste a la Virgen María desde las puertas de Belén a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y venir alegre y gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, madre, y, sin embargo, siempre virgen.»

La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían, de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían a sus entontecidos penitentes.

Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con estas cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio a la difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél sacan muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite vivir regaladamente.

La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay delante del convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o volvía de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y bajé a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al amor de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió que ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó que desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos, había dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían en tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política, con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos. Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney, Las ruinas. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que un joven, ardiente constitucionalista, se la había dado unos meses antes, con muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como uno de los mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado de Satán, enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la obra con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar la doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama. Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido de la palabra.

El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera a cogerlos y leerlos.

En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar a Lisboa; con esta mira alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que había servido como soldado en la grand’armée de Napoleón y asistido a la campaña de Rusia. Tenía toda la estampa de un borracho. Su rostro era carbuncoso, y su aliento apestaba a aguardiente. Muchos deseos tenía de hablar conmigo en francés, enorgulleciéndose de poseer ese idioma; pero yo rehusé, y le dije que me hablase en la lengua del país o no cruzaría la palabra con él.