El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a la cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había marchado; pero habían llegado varios contrabandistas de España. Casi todos eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la semana anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo, hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y de vez en cuando manifestaban su conformidad con lo que oían. En ocasiones, el lector acudía a mí en demanda de explicación de algún pasaje que no entendía bien, por referirse a determinados textos de la Escritura, ya que ninguno de la cuadrilla había visto nunca el Antiguo ni el Nuevo Testamento. Continuó leyendo más de una hora, hasta acabar el folleto; al concluir, todos clamaron por otros parecidos, y se los di con mucho gusto.

Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del régimen frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a someterse de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles muchas preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre ese punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un chicotito y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes en Cristo y en la Virgen.

Estos hombres eran, en muchos respectos, más ilustrados que los campesinos del contorno, pero en otros se hallaban en iguales tinieblas; creían en brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos. La noche fué muy borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que se acercaba, y a poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó en la cocina, todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba una raída chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español zamarras, con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo tenía las piernas desnudas. Alrededor del sombrero llevaba atada una gran cantidad de la hierba llamada en inglés rosemary, romero en español, y en portugués rústico alecrim, palabra de origen escandinavo (ellegren), que significa planta mágica, llevada probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos; dijo que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó, en efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada también en un borrico. Pregunté a mis amigos los contrabandistas qué significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las brujas y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir esta superstición, porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la mañana y deseaba yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el sueño.


CAPÍTULO IV

Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa.

Me levanté a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a la cocina, donde vi al hombre que me había llamado la atención la víspera y a su mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida. Se despertaron en seguida y comenzaron a preparar su desayuno, consistente en sardinhas saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo tiempo, la mujer cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en España, que comienza así:

En Belén tocan a fuego; Del portal salen las llamas, Porque dicen que ha nacido El Redentor de las almas.

Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera, y subí al carruaje con mi criado.

Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos. Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían, pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa un cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar su escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. Respondí que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, dejándonos en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando llegaron dos carruajes a la puerta de la casa; pero como la familia no estaba, al parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y se fué. Pasó otra media hora; al fin salió la familia. Colocados los equipajes, preguntaron por el cochero, que no parecía por parte alguna. Le buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de encontrar un sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué preciso enviar por dos veces un criado al cuartel en busca de los soldados. Al fin, todo se arregló, y la familia se puso en marcha.