Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia de cierto fidalgo de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores, armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del fidalgo, ambos jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa guardia, al fidalgo le apuraba mucho, al parecer, el temor de que le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, porque solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este punto, una escolta de cuatro soldados. Había en el séquito del hidalgo varias mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre era de costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A poco de llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la cocina, sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener unos sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado. Su rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda; los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español, idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en silencio.
A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes. Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar dos o tres brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero las cabezas no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una falsa alarma.
Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar, en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos pinos; como media legua más lejos había otra elevación semejante. Estas dos alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas Novas, en forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían entre estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas eran puestos predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, una cuadrilla de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y desvalijó a cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la silla y el freno puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y dos centinelas, encaramados en las ramas más altas, daban el alerta al acercarse los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, montaban de un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre su presa, gritando: ¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro! Nosotros pasamos sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de Pegões, dimos alcance a la familia del fidalgo.
Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla. Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las que iban el fidalgo y sus hijas; los otros eran carros de toldo, y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a los lados un campesino armado, y el hijo del fidalgo, mancebo de diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.
No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, en la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se proponía amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para atraerlos, advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por aquellos lugares. No sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso de ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de los caballos.
Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente, tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó mi primera excursión por el Alemtejo.
CAPÍTULO V
El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición.
Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, Senhor, que a su merced le gustaría ver el colegio de los... ingleses»[30]. «Lléveme allá, sin falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa. Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó a nosotros lentamente y en nuestro idioma me preguntó en qué podía servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños. No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio pudieran tener el gusto de acompañarme.