Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio. «¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón, suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno, nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—, y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el viejo—. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber concluído la comida.
Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre argentino, las siguientes razones:
—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste (señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo y siriaco.
Yo.—Saludo a todos ustedes humildemente, y les ruego me excusen si me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad para venir.
El rector.—¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos, si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan húmedo?
Yo.—La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años. Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada aposento de las casas rusas hay un cuadrito de la Virgen colgado en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que entran se quitan el sombrero.
Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un hijo de Galaad[31]. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua, grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.
El rector.—¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante: un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta amabilidad nos ha dado este excelente caballero?
El profesor de humanidades.—Digo que es placentera y de grandísimo consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W..., cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta Inglaterra, nuestra amada patria...
Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto, no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias.