El Rector.—Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya que todo eso eran calumnias inventadas por enemigos de su religión. Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses; pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?
Yo.—Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa.
El Rector.—Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos alumnos, o ninguno.
Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos. «Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»
Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de un crucifijo, un pequeño retrato.
Yo.—Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha producido infinitamente más beneficios que daños.
El Rector.—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla con admiración de Ignacio de Loyola?
Yo.—Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque, como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia, poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de la literatura moderna de su país...
En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa, puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura, que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo, y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí en uno de los grupos y pronuncié un beraka o bendición. En diversas partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida, y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus personas y a su tráfico en Lisboa concernía.
Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y en las tradiciones de sus mayores.