En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas, era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté, pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros, de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al Suroeste.
—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos de este país?
—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos malísima gente, ¡oh Tsadik!, todos ladrones, sin excepción. Cada año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae a nosotros a Portugal.
—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?
—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta depravada, ¡oh Tsadik!, y no guardamos los preceptos de la ley.
—¿Tenéis sinagogas y doctores?
—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros. Nuestros chenourain son lugares infectos, y nuestros doctores están como nosotros presos en el galoot del pecado. Uno de ellos tiene en su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede venir nada bueno.
—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan depravados como decís?
—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del Shem Hamphorash[32]. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!
Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían a comer de los animales de uña indivisa[33] ni del pez sin escamas. Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en los fautores de la iniquidad.