Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del auto da fe sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no oculta su propia degradación.
CAPÍTULO VI
El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo.
Unos quince días después de mi regreso de Evora y terminados los indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto, poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno de los faluchos que hacen el servicio regular de pasajeros, y así llegue a Aldea Gallega, después de seis horas de viaje; el barco iba muy cargado, no había viento, y los marineros no pudieron soltar los pesados remos ni un instante. La travesía fué el reverso de la primera—completamente segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien veces deseé verme de nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo bárbaro, galopando sobre las olas hirvientes impelidas por el huracán. Desde las ocho hasta las diez el frío fué verdaderamente terrible, y aunque iba yo empaquetado en un excelente shoob de pieles, de mucho abrigo, con el que había desafiado los hielos del invierno ruso, tiritaba todo mi cuerpo, y al pisar de nuevo el Alemtejo, me alegré aun más que la vez primera, cuando desembarqué luego de escapar de una horrorosa tempestad.
Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado, a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de la Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi primer cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a Elvas, desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los dueños de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos mulas excelentes; pero cuando pregunté el precio tuvieron la desvergüenza de pedirme cuatro moidores. Les ofrecí tres, que era ya demasiado, pero no los aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la oportunidad de ponerme a contribución les pareció excelente; porque no podían figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe» ser, se determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por buscar un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y díjeles que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de volverme a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres moidores y medio; pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a la casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. Nos recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, y con él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos moidores y medio. Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte y sin hablar, mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en la mano y tiritando de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el hombre no se enteró de que eran para un extranjero hasta después de cerrar el trato y de recibir una cantidad en señal. Me volví a mi alojamiento muy satisfecho, y después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer gran caso de los posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus ojillos judaicos.
A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta de la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte años. Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande que he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo tenía; al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era su rostro de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, descubrí que era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje de cien millas y de cuatro días, a través de una de las regiones más agrestes y peor afamadas del reino. Me despedí de mi criado casi con lágrimas en los ojos, porque siempre me había servido con suma fidelidad y mostrado un celo y un deseo de contentarme que me llenaban de satisfacción.
Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de carga, encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de ponerse la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y tristemente. No se oía más ruido que el de las mulas. Ni un soplo de aire movía las ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía animal alguno, ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las lechuzas. Todo parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos viajes, nunca he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar y de cambiar ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era inútil hablar al arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a cualquier pregunta que se le hacía no daba otra respuesta que una risa imbécil. Al verme en tal estado, hice lo que muchas personas hacen cuando se ven privadas de todo consuelo humano: volví mi corazón a Dios y comencé a comunicar con Él por la oración, con lo que mi alma se vió pronto confortada y tranquila.
Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, ni vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido, y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en esta posada, pueden estar seguros de que no los saquearán ni robarán sin piedad a la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo re más que a un portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué exactamente la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé la noche siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.
A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no tenía gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y la falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.