El camino entraba allí en paraje cultivado; por entre setos vivos llegamos a un sitio donde el terreno descendía suavemente. A la derecha arrancaba el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía allí escasamente dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo, las proporciones de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca del fondo del valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando el camino con uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos para mirarlo. El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza; la inmensidad de la obra realizada para transportarla me llenó de admiración. Con todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de grandeza y magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como en el de Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados en el valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de arcos superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar tan insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en la relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de vida.
CAPÍTULO VIII
Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La aduana.
A mi llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió, acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte había de ser visé, porque en la frontera son muy exigentes en ese particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas, pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego que ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una silla junto a la lumbre, pasaba las cuentas de su rosario; discerní en su rostro, en cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía, una expresión singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin importancia, y me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba a encanecer, y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no tenía seguramente el pelo tan blanco como el mío.
—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el título usualmente empleado en España para denotar un grado de respeto extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años. «Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad que usted tiene ahora.»
Miré con asombro a tan extraordinaria mujer, y apenas podía dar crédito a sus palabras. Sin embargo, me aseguraron que, positivamente, tenía más de ciento diez años, y pasaba por ser la persona más vieja de Portugal. Conservaba todas sus facultades tan despejadas como la generalidad de la gente al rayar en la mitad de aquellos años. Era pariente de los dueños de la hostería.
Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas para calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa era una especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el huésped, hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado del ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno, quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil, enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de la nación y del gobierno ingleses, se contaba la de haber derrochado centenares de millones de libras esterlinas y vertido un océano de preciosa sangre para sostener la campaña de la península contra Napoleón. «Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino castillo de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y cada vez que los mire se confirmará usted en la opinión que acaba de exponer. En cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la gratitud de España a Inglaterra, después de la expulsión de los franceses gracias a nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los estorbos puestos al comercio inglés y en las misas de acción de gracias ofrecidas al abandonar las costas españolas los herejes británicos—, no puede inducir a Inglaterra a arruinarse por el propósito de expulsar a don Carlos de sus montañas. Por deferencia al superior entendimiento de usted—continué, dirigiéndome al oficial—, quisiera creer que la prolongación indefinida de la guerra reporta grandes provechos a mi país; pero me haría usted un favor insigne explicándome el proceso químico en virtud del que la sangre vertida en las montañas españolas va a parar al tesoro inglés convertida en monedas de oro.»
Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato con fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas y bolotas»—respondió—. «Muy bien; un rústico inglés que no haya salido nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a pesar de hallarse tan familiarizado con las granadas y las bolotas como vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a Inglaterra en su política interior y exterior.»
Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente, ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le rieron, y un momento después se fué.