Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable, llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales. Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado país; y apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de Testamentos, con intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre, con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él suficiente recompensa.
Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad. La parte baja del cerro está poblada de azinheiras, que le dan amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior. Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me preguntó si yo era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo: «En tal caso, señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar el fuerte a los extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo o no; y después de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado oriental del cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.
Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia; se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y, sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses. La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su miserable vanidad.
En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y es que, si bien los franceses han sido con frecuencia tratados rudamente por los ingleses y ocupada su capital por un ejército inglés, nunca han estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir de ellos asistencia y socorro.
Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida, sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco: un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte, y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte, apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que, en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron en la plaza una corta guarnición, que se retiró al castillo al acercarse los ingleses, y capituló poco después.
Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano, con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España. Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula, pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba ligera como el viento.
En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas corrían impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde del arroyo, me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y cuando aún estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde la otra orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: ¡Oh señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios, una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto! Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una monedilla de plata, y gritando ¡Santiago y cierra España!, seguí mi camino más de prisa todavía, prestando poca atención, como dice Gil Blas, al torrente de bendiciones derramado por el mendigo a mis espaldas; con todo, nunca se vió limosna otorgada con menos discernimiento, porque, según más adelante averigüé, aquel tipo era un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado para sacar a los viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba limosna, y con maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y habilidad tenía en el empleo de las unas que de las otras.
Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de distancia. Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente de arcos que atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y cantares, pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, aunque de razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas puestas a secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran distancia oí cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos parecía ser las alabanzas del río en que estaban descrismándose, porque al acercarme oí distintamente: Guadiana, Guadiana, repetido a coro por muchas mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de mejillas tostadas, cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba el eco por todas partes. Pensé que había cierta semejanza entre mi tarea y la suya; yo estaba en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome al candente sol de España, movido por la modesta esperanza de ser útil en la obra de borrar del alma de los españoles, a quienes conocía apenas, alguna de las impuras manchas dejadas en ella por el papismo, así como las lavanderas se quemaban el rostro en la orilla del río para blanquear las ropas de gentes que desconocían. A mi mente acudieron con mucha fuerza las palabras de un poeta oriental: «Día tras día, y noche tras noche, me fatigaré en socorro de mis hermanos sin fortuna, como las lavanderas curten su faz al sol por limpiar unas ropas que no son suyas.»
Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España, que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de gente embozada también en largas capas. Pregntéle qué se proponía, y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o alfandega, para el registro del equipaje. Llegados a la aduana, el guarda, sin romper su adusto silencio, comenzó a echar las maletas desde la mula de carga al suelo y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su brutalidad merecía; pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció en la puerta un personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé en reconocer al jefe de la aduana. Después de mirarme un momento, me preguntó en mi idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta afirmativa, preguntó al guarda cómo se había atrevido a cometer la insolencia de poner las manos en el equipaje sin orden superior, y severamente le mandó atar de nuevo las maletas y cargarlas en la mula, como lo hizo, en efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme después lo que contenían las maletas: ropas de vestir—contesté yo—, y pidiéndome perdón por la insolencia de su subordinado, me dijo que era libre de ir adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por su extremada cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la fonda de las Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas[35].