CAPÍTULO IX

Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena.

Hallábame ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro años siguientes iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos anticipemos a los acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me predispusieron gran cosa en favor del país a que acababa de llegar. Aquellas planicies parduscas, apenas producen otra cosa que el arbusto llamado en español carrasco; sin embargo, unas montañas azuladas se yerguen en la lejanía y animan un poco la entonación monótona del paisaje.

En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera, tropecé con los singularísimos Zincali, o gitanos españoles. Allí fué donde encontré al indómito Paco, hombre que tenía un brazo seco y manejaba las cachas[36] con la mano izquierda; a su astuta mujer, Antonia, diestra en hokkano baró[37], o engaño maestro, a su suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos del Errate, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en Madrid.

Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para Madrid; un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso equipaje, cuando entró Antonio el gitano, vestido con su zamarra y tocado con el puntiagudo sombrero andaluz.

Antonio.—Buenas noches, hermano; me han dicho que callicaste[38] te propones salir para Madrilati[39].

Yo.—Así es; no puedo estar aquí más tiempo.

Antonio.—El camino hasta Madrilati es largo; el país está en guerra, y en el campo abundan los chories[40]. ¿No te amedrenta el viaje?

Yo.—Yo no tengo miedo; ningún hombre puede eludir su destino; lo que haya de ser de mi cuerpo y de mi alma, escrito está en un gabicote[41] desde mil años antes de la creación del mundo.

Antonio.—Yo, personalmente, tampoco tengo miedo, hermano; la noche oscura es para mí igual que el día claro, y el carrascal silvestre lo mismo que la plaza del mercado o que el chardi[42]; llevo en el pecho el bar lachí[43], la piedra preciosa a que se pega la aguja.