Yo.—Supongo que te refieres al imán. ¿Crees que una piedra inerte puede preservarte de los peligros que amenacen tu vida?
Antonio.—Hermano, cuento ya cincuenta años de edad, y aquí me tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso si el bar lachí no tuviera poder alguno? He sido soldado y contrabandista, y he matado y robado también a los Busné[44]. Las balas del Gabiné[45] y del jara canallis[46] me han zumbado en los oídos sin tocarme por llevar conmigo el bar lachí. Veinte veces he hecho cosas que, según la ley busné debían haberme llevado al filimicha[47]; sin embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío garrote. Hermano, confío en el bar lachí, como los Caloré[48] de otro tiempo: aunque me viera en el golfo de Bombardó[49] sin una tabla a qué agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra, ella me sacaría sano y salvo a la costa. El bar lachí es poderoso, hermano.
Yo.—No vamos a discutir por eso, y menos ahora, en el momento de marcharme de Badajoz; despidámonos rápidamente, y ya no volveremos a vernos más.
Antonio.—Hermano, ¿sabes a lo que vengo?
Yo.—Lo ignoro, como no sea a desearme feliz viaje; no soy bastante gitano para adivinar los pensamientos de la gente.
Antonio.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el bar lachí, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo bebí con aguardiente, según tengo costumbre de hacer después de tomar una resolución. Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya de Castumba[50] para cierto negocio. El Caloró[51]forastero va a marcharse a Madrilati; el camino es largo, y pudiera caer en malas manos, quizás en las de gente de su propia sangre, porque he de decirte, hermano, que los Calés abandonan ya las ciudades y aldeas y se echan al campo en cuadrillas para saquear a los Busné; no hay ley ninguna en estas tierras, y ahora o nunca es la ocasión de que los Caloré vuelvan a ser lo que fueron en tiempos pasados. De manera que me dije: el Caloró forastero puede caer en manos de los de su misma sangre y ser maltratado por ellos, que sería una vergüenza. De consiguiente, iré con él por el Chim del Manró[52] hasta la raya de Castumba, y desde la raya de Castumba dejaré que el Caloró de Londres siga su camino a Madrilati, porque hay menos peligro en Castumba que en Chim del Manró, y después podré ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me reclaman.
Yo.—Ese plan promete mucho, amigo mío. ¿En qué forma piensas que hagamos el viaje?
Antonio.—Te lo diré, hermano. Tengo en la cuadra un gras[53], el mismo que compré en Olivenza, como te dije en otra ocasión; es bueno y ligero, y me costó, a mí que soy gitano, cincuenta chulé[54]; tú puedes ir en el gras; yo montaré en el macho.
Yo.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos que te obligan a ir a Castumba; tu yerno Paco me tiene dicho que los gitanos no acostumbran ya a viajar.
Antonio.—Es un asunto de Egipto, hermano, y no puedo decirte más. Acaso se trata de un caballo o de un borrico, acaso de una mula o de un macho; lo que sea, no se refiere a ti; por tanto, te aconsejo que no preguntes nada. Dosta[55]. Volviendo a lo de antes: eres libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un drungruje[56] de aquí a Madrilati, y puedes viajar en el birdoche[57] o con los dromalis[58]; pero te advierto, como hermano, que hay chories en el drun, y algunos de ellos son del Errate.