La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición, pero yo estaba tranquilo sobre ese punto, y no creía que el gitano abrigase la más ligera mala intención en contra mía; le vi plenamente convencido de que yo era uno de los del Errate, y los rasgos más fuertes de su carácter eran el amor a su raza y el odio a los Busné. Deseaba yo, además, aprovechar todas las ocasiones de conocer a fondo las costumbres de los gitanos españoles, y allí se me presentaba una excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví acompañar al gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré a Madrid por el birdoche.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y así el gras andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas llevar equipaje. ¡Cómo se reirían los Busné si se encontraran en el camino a dos Calés viajando con equipaje!»

Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles; lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser que partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede verse rechazado con un encogimiento de hombros y un no entiendo, porque entre los muchos prejuicios profundamente arraigados en este pueblo se cuenta la singular idea de que ningún extranjero es capaz de aprender su lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan hablar en ella corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden, es esto: Habla cuatro palabras, y nada más.

Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a la casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una calle sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener un objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta de la casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en dirección de la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su hermano. Que todo Busnó corra la misma suerte. Entremos, hermano, y comeremos el corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, pero siguiendo al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un brasero encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero mantel, y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. «En esta puchera—dijo Antonio—, está el corazón del balichó[59]; comamos.» Nos sentamos a la mesa y comimos, Antonio vorazmente. Cuando terminó, se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el li[60]. «Aquí está—contesté, enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes necesitarlo—repuso—. Yo no lo necesito; mi pasaporte es el bar lachí. Ahora un vaso de repañí[61], y al camino.»

Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que escondió luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. «Espérame en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las caballerías.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el caballo por la brida; el macho iba detrás. Miré al caballo y no pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida. Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas de desmesurada longitud, y altísimo de cruz. «Estás mirando el grasti—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de Chim del Manró, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía echado el ojo, y le compré para emplearlo en los negocios de Egipto. Monta, hermano, monta, y dejemos los foros[62]; ya van a abrir la puerta de la ciudad.»

Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la faja. Menos de un cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda. «No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»

«Es el caballo más ligero que hay en Chim del Manró, hermano—dijo Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo ninguno le aventaja; pero tiene diez y ocho años y las coyunturas entumecidas, sobre todo por la mañana; pero deja que entre en calor y que el genio del viejo reviva, y no podrás contenerlo con el freno ni con la brida. Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, hermano.»

A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de un cerro pedregoso. «Aquí no hay casa Caló—dijo Antonio—; tenemos que ir a la posada de los Busné, donde comeremos todos, hombres y bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando unos cigarros; y como se me ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio en caló, uno de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes, exclamó: «¿Qué es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en caló delante de mí, que soy chalan y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os atrevéis a entrar en esta posada y a hablar en esa lengua delante de mí? ¿No está prohibida por la ley, como os está prohibido entrar en el mercado? Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra en caló te muelo los huesos a palos, y de un puntapié vas volando al tejado.»

«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia de estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz, voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a uno de ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, Caballero nacional, me responde. Es el mejor burro de toda España.» «Quisiera verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta sobre el burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado antes al oído no sé qué cosas en caló; el burro tenía un paso magnífico, como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo al fin, y después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. «Me voy a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y yo a mi pueblo»—contesto yo—, y montado en el burro, le digo: Vámonos, pero el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita. «¿Qué significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero el maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira por las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro contemplándome atentamente, y a la canaille gitana mirándome de través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro caló, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta reals por él; y después de regatear mucho, me doy por contento vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el caló; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en caló dichas a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible manera?»

Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros; entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, salieron de la habitación a paso largo.

—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje caló—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.