—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que algunos de los nuestros los han jonjabadoed[63]. Sin embargo, has hecho mal, hermano, en hablarme en caló en esta posada; es lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído la ley de los Calés[64]. Vámonos de aquí, hermano, antes que esos juntunes[65] nos echen encima a la justicia.
Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande.
—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los busné, fué antaño una gran ciudad de los corahai[66]; pasaremos aquí la noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar algunos asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado del camino con el caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que adelantarme para ver cómo están las cosas.
Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que duró casi una hora.
—¿Es su merced el Caloró de Londres?—dijo muy cerca de mí una voz desconocida.
Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del ala de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja, lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo.
—¿Es su merced el Caloró de Londres?—repitió.
—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio?
—Curelando, curelando; baribustres curelós terela[67]—dijo la vieja—. Venga conmigo. Caloró de mi garlochín[68], venga conmigo a mi ker[69]; en seguida llegamos.
Eché por el camino, detrás de la gitana, hasta llegar a la ciudad, ruinosa y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por una callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta de una casa bastante capaz y muy estropeada.