—Entra—me dijo.
—¿Y el gras?—pregunté.
—Hazle entrar también, chabó[70] mío; en la cuadra, aunque pequeña, hay sitio para el gras.
Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy ancha.
—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra.
—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito para lo que yo me sé; trae una luz, o no entro.
—Dame el solabarri[71]—respondió la vieja—, y yo encerraré el caballo, chabó de Epipto, y le ataré al pesebre.
Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no tardé en oír rebullirse también al caballo.
—Grasti terelamos[72]—dijo la gitana, al reaparecer con la brida en la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje no se ha resentido. Ahora, Caloró mío, vamos a mi casita.