Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros.
—Estas son callees[73]—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija; la otra es su chabí[74]. Siéntate, Caloró de Londres, y que te oigamos el metal de la voz.
Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero, descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo acerqué al brasero, y me senté.
—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo fría y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar a los hundunares.[75]
—Hay muchas casas de sobra en estos foros, muchas casas de sobra en Mérida, Caloró de Londres, algunas tal como las dejaron los corahanós[76]. ¡Ah! Qué gran pueblo son los corahanós. Muchas veces me entran ganas de volver otra vez a su chim.
—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros?
—Dos veces, Caloró mío, dos veces he estado en la tierra de los Corahai. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces estaba yo con los sesé[77], porque mi marido era soldado del Crallis de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España.
—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los españoles que ocupaban una parte de su país.
—Estuve con los verdaderos moros, mi Caloró de Londres. ¿Quién conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años estaba yo con mi ro[78], en Ceuta, porque era soldado del rey, cuando un día me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan, y agua menos aún; he decidido escaparme y volverme corahanó; esta noche mataré al sargento y huiré al campo moro.»
—Hazlo—respondí—, chabó mío, y en cuanto pueda te seguiré y me haré corahani.