Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le había llamado Caló, y le había maldecido; echó a correr, saltó por la muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se puso en salvo en la tierra de los corahai. Yo me quedé en el presidio de Ceuta, de cantinera, vendiendo vino y repañi a los soldados. Dos años pasaron sin tener noticias de mi ro. Un día entró en mi cachimani[79] un desconocido; iba vestido como un corahanó, pero más parecía un callardó[80]; y, sin embargo, tampoco era un callardó, a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé que se parecía un poco a los del Errate, y me dijo: «Zincali[81]; chachipé»[82]; luego, en una lengua tan rara que apenas le pude entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven conmigo, hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—. Y señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos; ven conmigo; tu ro te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me acordé de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los corahai; tomé, pues, el poco parné[83] que tenía, eché la llave al cachimani y me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela; pero le convidé a repañi, y nos dejó pasar; en un instante llegamos a la tierra de los corahai. A una legua de la ciudad, al pie de un cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan negros como mi desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y llamándome hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla, que era muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron otras, con las que me vestí como una corahani; y luego emprendimos la marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de una vez me pareció encontrarme entre los del Errate, porque sus costumbres eran las mismas; los hombres querían hokkawar con mulos y burros; las mujeres decían bají[84]. Al cabo llegamos a una ciudad grande, y el hombre negro que me había ido a buscar, dijo; «Entra ahí, hermanita, y encontrarás a tu ro.» Me llegué a la puerta, y vi estar dentro un corahanó armado; le miré a la cara, y reconocí a mi marido.
Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían sido antes candoré[85], pero renegadas y convertidas en corahai. Había allí sesé y laloré[86], y hombres de otras naciones, y entre ellos algunos del Errate de mi mismo país; todos eran soldados del Crallis de los corahai, y le servían en sus guerras. Mucho tiempo estuve con mi ro en aquella ciudad, yendo a veces con él a las guerras; muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros que me habían llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos tratos con ellos, y los creía del Errate. En fin, hermano, para no alargar, a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad sitiada por el rey de los corahai, yo quedé piulí[87], y volví a la ciudad de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como pude. Un día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el mismo hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me llevó a juntarme con mi ro, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita, ven conmigo; el ro está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la ciudad, en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros que la otra vez había visto. «¿Dónde está mi ro?»—pregunté.—«Aquí está, hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy el ro, y tú la romí[88]. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan quehaceres.»
Me marché con él, y fué mi ro, y vivimos por los desiertos y hokkawared y choried, y dije bají; yo pensaba: «Esto me gusta; seguramente estoy entre los del Errate, en un país mejor que el mío.» Muchas veces les pregunté si eran del Errate, y se reían, diciéndome que muy bien podía ser porque no eran corahai; pero nunca me dieron más clara cuenta de sí.
Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre negro tres chai[89]; dos, murieron; pero la más joven, vive; es la Callí que estás viendo al lado del brasero. Así vivíamos errantes, y choried, y decíamos bají. Ocurrió que una vez, en tiempo de invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río muy ancho y muy profundo, como muchos otros que hay en Chim del Corahai, y el bote volcó con la rapidez de la corriente, y todos se ahogaron menos yo y mi chabí, a quien llevaba en el seno. Ya no me quedaba ningún amigo entre los corahai; fuí errante por los despoblados, implorando y llorando hasta quedarme casi lilí[90]. De este modo llegué a la costa; allí hice amistad con el capitán de un barco, y volví a esta tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo muchas veces volver a vivir con los corahai.»
Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas.
Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al brasero, del que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el leve fulgor que iluminaba el aposento también desapareció; sólo quedaba en el brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en las más densas tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en silencio; sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto.
—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin.
—No tenga usted cuidao, mi Caloró de Londres—dijo la gitana vieja con tono desabrido—. Pepindorio[91] ha estado aquí alguna vez.
Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando sentí posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que decía:
—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y cenaremos.