—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.
—Aludo a la profanación de los palomares, don Jorge, y a la introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran ni apropiados ni decentes.
—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.
—Me refiero, don Jorge, a ciertos actos de perversión practicados por algunos clérigos en apartados y lejanos palomares, en olivares y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por San Pablo en su primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted entendido, don Jorge, porque es usted hombre versado en cosas de iglesia.
—Creo que le he entendido a usted—repliqué.
Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del mejor modo de hacer el viaje. «Don Jorgito—respondió—, creo que puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse, según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más tiempo del que buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro modo sería impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los moros, los cristinos y los negros. Para facilitarle a usted el viaje, don Jorge, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que me preguntase, había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene dos caballos, y cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede alquilarlos, don Jorge, y mi cuñado en persona le acompañará para servirle y darle conversación, por lo que le pagará usted cuarenta duros. Pero, y esto es lo importante, como en el camino hay muchos ladrones y malos sujetos, tales como Palillos y su gente, hará usted una obligación, don Jorge, comprometiéndose, si los roban y desvalijan a ustedes, y si los ladrones se quedan con los caballos de mi cuñado, a hacerle bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que por seguirle a usted haya perdido. Este es mi plan, don Jorge, y no dudo que su merced lo apruebe, porque está trazado para favorecerle, y no con miras de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá usted un gran compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece al partido de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre nosotros, don Jorge, es un poco contrabandista, y con frecuencia trae de contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a España, para colocarlas en Córdoba o en Madrid. Conoce todos los atajos, don Jorge, y le respetan mucho en las ventas y posadas del camino. Ahora venga esa mano para cerrar el trato, y en seguida iré a buscar a mi cuñado para decirle que se disponga a salir con su merced pasado mañana.»
CAPÍTULO XVIII
Salida de Córdoba.— El contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a Madrid.
Salí de Córdoba una radiante mañana en compañía del contrabandista, que iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una jaca, de la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro, lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba mucho la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, y me puse a mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había tenido por conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas, y me dió a entender que por llevar el equipaje le correspondía el mejor caballo, alegación que me pareció harto bien fundada para oponerle reparo alguno.