—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas partes?

—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el judaísmo; sus brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por aquí, sino en toda España; lo más singular es que hasta en el clero descubríamos continuamente casos de judaísmo de ambas especies que, por obligación, teníamos que castigar.

—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.

—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco; por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y otros por el estilo.

—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me han asegurado que el hecho es cierto.

—Crea usted, Don Jorge, que en el clero hay abundancia de judaísmo, lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una vez estábamos registrando la casa de un eclesiástico acusado de judaísmo negro, y, después de buscar mucho, encontramos debajo del piso una caja de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, donde había guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos, y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos, antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.

—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María Santísima?

—¿Qué opino yo? ¡Qué sé yo!—dijo el viejo, encogiéndose de hombros aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien mirado, me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que vaya a visitar mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, tan bonita, tan guapita, tan bien vestida y gentil, con aquellos colores, blanco y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué se adora a María Santísima. Y, sobre todo, Don Jorgito mío, eso es cosa de la Iglesia y forma parte importante de su sistema.

—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos carnales?

—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana. Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de la Iglesia y la lealtad a María Santísima hacían absolutamente inexcusable el castigo.