—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en estos desventurados reinos.

—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan placentero para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño a la Santa Casa de Córdoba.

El viejo, mirándome fijamente, contestó:

—Ya le comprendo a usted, Don Jorge. He adivinado hace rato que usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído; aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano, y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a usted en frecuente conversación con los gitanos; parece que hace usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, Don Jorge; desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco. No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.

—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?

—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos descarríos carnales.

—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese delito?

¡Qué sé yo!—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o irreal, Don Jorge; y como era necesario castigar para demostrar que tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía por brujería o por otro delito?

—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?

—Uno o dos, Don Jorge; eran poco frecuentes. El último caso que recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender, bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es de que la monja fué castigada.