—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, Don Jorge—dijo el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está escrito en inglés.

—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no, ¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el breviario romano escrito en latín.

—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. ¡Vaya! ¿Quién hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la Iglesia? ¡Vaya! Cuanto más vive uno, más aprende.

—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.

—Ochenta, Don Jorge; ochenta años largos.

Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y yo. No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el favor de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo el posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos eclesiásticos y de los escritos de los Padres.

—He formado en mi casa una pequeña librería, Don Jorge, con todos los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su lectura me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos tristes días, Don Jorge, espero que, si continúa usted por estas partes, irá a visitarme, y le enseñaré mi modesta colección de los Padres, y también un palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no pequeño solaz y algún provecho.

—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a su parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos espirituales.

—Hablaba sin metáfora, Don Jorge—replicó mi interlocutor—. Al decir que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo proveo de pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; mis aves son muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino otras más gordas ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, Don Jorge, tendría que hacer alto en una venta donde las probaría seguramente, porque en mi jurisdicción no consiento más palomares que el mío. Respecto de las almas de mis feligreses, creo que cumplo con mi deber en cuanto está de mi parte. Las cosas espirituales me deleitan sobremanera, y por esta razón me incorporé a la Santa Casa de Córdoba, en la que he servido durante muchos años.

—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco asombrado.