Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente, y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro tiempo fueron los moros, ni la conciencia de su situación actual les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas, dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa, aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró usted—le pregunté—, al pasar por aquellos patios, al acordarse de los Abencerrajes?» «No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y por qué fué usted a ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones. Es seguro que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque la subida es penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero. Todo su interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas ligeras a las columnas, diciendo uno de ellos: «Huáje del Mselmeen, huáje del Mselmeen» (Cosas de los moros, cosas de los moros); y la única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo se prosternaba Abderrahman el Grande fué que, al llegar a la puerta, se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo, aquellos hombres eran hajis y talibs, hombres asimismo de grandes riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y en la gran ciudad de la Nigricia[143].
Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, porque no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del camino de Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y escondrijos de aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades entre la gente del pueblo, que es mi modo de proceder habitual cuando llego a una población desconocida. Varias veces subí a Sierra Morena, acompañado por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien ya he hablado. Los posaderos, convencidos de que yo participaba de sus opiniones, me trataban con extremada cortesía; cierto que, en cambio, hube de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas traiciones contra los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con paciencia.
—Don Jorgito—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las bodas del hijo de don Carlos con la heredera de Inglaterra?
—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa con una princesa de Inglaterra.
El huésped meditó un momento, y luego exclamó:
—Carracho, Don Jorgito, si se hiciera ese matrimonio, el rey y yo tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.
La casa o posada en que yo vivía era sumamente espaciosa, con infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda maravillosa de Udolfo[144]. Durante uno o dos días creí que era yo el único huésped en la casa. Pero una mañana vi sentado en el corredor, junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con atención en un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de grosera tela azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco adornado con varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los espejuelos. Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura rayaba en lo gigantesco.
—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco después—. ¿Es otro huésped de la casa?
—No puedo decir que sea precisamente un huésped, Don Jorge de mi alma—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada a ganar. Ha de saber usted, Don Jorge, que éste es uno de dos curas que había en un pueblo bastante grande[145] no lejos de aquí. Al entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro cura era un liberal violento, un negro rematado, y los realistas le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase ¡Viva Carlos Quinto!, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno; pues en cuanto los realistas se fueron, el cura negro montó en una mula, vino a Córdoba y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida. Prendieron a su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le habrían metido en la cárcel común por carlista si yo no hubiera salido fiador suyo, poniendo que no se marcharía de aquí y se presentaría cuando le llamaran a responder de los cargos aportados contra él; y en mi casa está, aunque no pueda llamarle mi huésped, pues no gano nada con él: toda su comida, que se reduce a unos pocos huevos, un poco de leche y pan, se la traen a diario del pueblo. En cuanto a su dinero, no sé de qué color es, aunque, según dicen, tiene buenas pesetas. Con todo, es un santo; siempre está leyendo y rezando, y es, además, del partido de los buenos. Por eso le tengo en mi casa, y saldría fiador suyo aunque fuese veinte veces más avaro de lo que parece.
Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras, tomé el libro para examinarlo.