—¿Por qué tanta prisa?—respondí—. Mejor sería que se quedase usted aquí hasta mañana; usted y los caballos necesitan reposo. Descanse usted hoy, y yo pagaré el gasto.

—Gracias, signore; pero me voy inmediatamente; no puedo quedarme en esta casa.

—¿Qué le ocurre a la casa?—pregunté.

—De la casa nada tengo que decir—replicó el genovés—; de quien me quejo es de sus dueños. Hace cosa de una hora bajé a desayunarme, y me encontré en la cocina al posadero y a toda su familia. Bueno: me senté y pedí un chocolate, que me trajeron; pero, antes de tomármelo, el posadero empezó a hablar de política. Al principio me dijo que no estaba con ninguno de los dos bandos; pero es tan furibundo carlista como el mismo Carlos V, porque, en cuanto se enteró de que yo soy del bando contrario, me echó unas miradas de bestia salvaje. Ha de saber usted, signore, que, en tiempos de la anterior Constitución, tuve yo un café en Sevilla, al que concurrían los liberales más notorios, y fué causa de mi ruina, pues como admirador de sus opiniones, abrí a mis parroquianos el crédito que se les antojó, lo mismo en café que en licores, y, de esta suerte, al tiempo de ser derrocada la Constitución y restaurado el despotismo ya les había fiado cuanto tenía. Es posible que muchos de ellos me hubiesen pagado, porque no creo que abrigasen malas intenciones contra mí; pero llegó la persecución, los liberales se dieron a la fuga, y, cosa bastante natural, pensaron en su propia seguridad más que en pagarme los cafés y los licores; a pesar de eso, soy partidario de sus ideas, y nunca vacilo en proclamarlo así. En cuanto el posadero, como ya he dicho a su merced, se enteró de mis opiniones, me miró como una fiera y «Salga usted de mi casa—exclamó—; no quiero espías en ella»; añadiendo algunas expresiones irrespetuosas para la joven reina Isabel y para Cristina, a quien considero compatriota mía, a pesar de ser napolitana. Perdí la calma al oírle y le devolví el cumplido diciendo que Carlos es un pillo y la princesa de Beira otra que tal. Me dispuse a ingerir el chocolate; pero, antes de llevármelo a los labios, la posadera, más furibunda carlista aún que su marido, si cabe, se abalanzó a mí, me arrebató la jícara y, tirándola por el aire, que casi dió con ella en el techo, exclamó: «¡Fuera de aquí, perro negro! ¡En mi casa no vuelves a catar cosa ninguna! ¡Colgado como un cerdo te vea yo!» Comprenderá su merced que no puedo estar aquí más tiempo. Se me olvidaba decir que el bribón del posadero asegura que usted le ha confesado ser de su misma opinión, pues en otro caso no le hubiera hospedado a usted.

—Mire, buen hombre—respondí—: yo soy, invariablemente, de la misma opinión política de la gente a cuya mesa me siento o bajo cuyo techo duermo, o, por lo menos, jamás digo cosa alguna que pueda inducirles a sospechar lo contrario. Gracias a este sistema me he librado más de una vez de reposar en almohadas sangrientas o de que me sazonasen el vino con sublimado.


CAPÍTULO XVII

Córdoba.— Los moros de Berbería.— Los ingleses.— Un cura viejo.— El breviario romano.— El palomar.— El Santo Oficio.— Judaísmo.— Los palomares profanados.— Propuesta del posadero.

Poco hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena de angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos de atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo; a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España, carece de arrabales.

La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he dicho, es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué en su origen, como todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes de la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol, pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos, después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente, levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración en el ánimo del visitante.