Descubrí sin tardanza que mi amigo el posadero era un insigne carlista. No había yo concluído de cenar—mientras él y toda su familia, alrededor de la mesita a que me senté, observaban mis movimientos, sobre todo la manera de usar el cuchillo y el tenedor y de llevarme los manjares a la boca—cuando se puso a hablarme de política. «Yo no soy de un partido determinado, don Jorge—dijo, pues me había preguntado mi nombre con el fin de darme el tratamiento debido—; yo no soy de un partido determinado, y no estoy por el rey Carlos ni por la chica Isabel; sin embargo, llevo en este maldito pueblo cristino una vida de perro, y hace mucho tiempo que me habría marchado si no fuese porque he nacido aquí y porque no sé adónde ir. Desde que empezaron estos desórdenes, me da miedo salir a la calle, porque en cuanto la canaille de Córdoba me ve doblar una esquina, empiezan a gritar: «¡A ése, al carlista!», y corren detrás de mí vociferando y me amenazan con piedras y palos; de manera que, si no me pongo en salvo metiéndome en casa, empresa difícil con mis diez y pico arrobas, puedo perder la vida en la calle, y esto, lo reconocerá usted don Jorge, no es ni agradable ni decente. Ese mozo que ve usted ahí—continuó, señalando a un joven moreno que estaba detrás de mi silla, empleado en servirme—es mi cuarto hijo; está casado, y no vive con nosotros, sino cien varas más abajo en esta calle. Le hemos llamado de prisa y corriendo para servir a su merced, como es su obligación; pues bien: ha estado a punto de perecer en el camino. Antes de marcharse tendrá que escudriñar la calle para ver si hay moros en la costa, y entonces irse volando a su casa. ¡Carlistas! ¿De dónde sacan que mi familia y yo somos carlistas? Cierto que mi hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de tres años. ¿Podía yo evitarlo? Tampoco tengo yo la culpa de que mi segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en Córdoba. ¡Dios le proteja! Pero yo no le mandé alistarse. Tan lejos estoy de ser carlista, que gracias a mí ese mozo que está presente no se marchó con su hermano, aunque tenía muy buenas ganas de hacerlo, porque es valiente y buen cristiano. Quédate en casa—le dije—, porque ¿cómo me voy a arreglar si os vais todos? ¿Quién va a servir a los huéspedes, si Dios quiere enviarnos alguno? Quédate por lo menos hasta que tu hermano, mi hijo tercero, vuelva; porque ha de saberse, y para vergüenza mía lo digo, don Jorge, que yo tengo un hijo sargento en el ejército cristino, muy en contra de la inclinación personal del pobre muchacho, que no gusta de la vida militar; años llevo solicitando su licencia, y he llegado a aconsejarle que se haga una mutilación para que le libren en seguida. Así que le dije a éste: quédate en casa, hijo mío, hasta que tu hermano venga a ocupar tu puesto y no se nos coma el pan un extraño, que además podría venderme y hacerme traición; de modo que, como usted ve, don Jorge, mi hijo se quedó en casa a petición mía, y aún me llaman carlista.»
—¿Cómo se portaron Gómez y sus partidas cuando estuvieron en Córdoba? Porque usted habrá visto, claro es, todo lo sucedido.
—¡Admirablemente bien! Lo que yo quisiera es que aún estuviesen aquí. Como ya le he dicho a usted, don Jorge, yo no soy de ningún partido; pero confieso que nunca en mi vida he sentido placer mayor que cuando se nos entraron por las puertas. ¡Entonces había que ver a esos perros de nacionales correr por las calles para ponerse en salvo! ¡Había que verlo, don Jorge! Los que me encontraban a la vuelta de una esquina se olvidaban de gritar: ¡Hola, carlista!, y de sus amenazas de apalearme. Algunos saltaron las murallas y huyeron no se sabe adónde; otros se refugiaron en la casa de la Inquisición, que tenían fortificada, y se encerraron en ella. Ha de saber usted, don Jorge, que todos los jefes carlistas: Gómez, Cabrera y el Serrador, se alojaron en esta casa; y ocurrió que, estando yo de conversación con Gómez en este mismo cuarto donde estamos ahora, entró Cabrera hecho una furia; Cabrera es menudo de cuerpo, pero tan vivo y valiente como un gato montés. «Esa canaille—dijo al entrar—de la casa de la Inquisición no quiere rendirse; si me da usted la orden, general, escalo la casa con mi gente y paso a cuchillo a los que están dentro.» Pero Gómez dijo: «No; debemos ahorrar sangre siempre que sea posible. Que les disparen unos cuantos tiros de fusil, y eso bastará.» Así fué, en efecto, don Jorge, porque a las pocas descargas su corazón desfalleció y se rindieron a discreción; después de desarmarlos, se les permitió volver a sus casas. Pero en cuanto se fueron los carlistas, todos esos individuos volvieron a ser tan valientes como antes, y de nuevo, en cuanto me ven doblar una esquina, me gritan: ¡Hola, carlista! Para guardarse de ellos, mi hijo, ahora que ya ha terminado de servir a su merced, tendrá que ir desde aquí a su casa volando como una perdiz, no sea que se los encuentre en la calle y le cosan a puñaladas.»
—Usted que ha visto a Gómez, dígame: ¿qué clase de hombre es?
—Es de estatura regular, grave y sombrío. El más notable de todos por su aspecto es el Serrador, especie de gigante, tan alto, que cuando entraba por la puerta del portal siempre daba con la cabeza en el dintel. El que menos me gusta es Palillos, bandido feroz y tétrico, a quien conocí de postillón. En otro tiempo venía muchas veces a mi casa; ahora es capitán de los ladrones de la Mancha, pues aunque se intitula realista, es un bandolero, ni más ni menos. Es una deshonra para la causa que se permita a tales hombres mezclarse con la gente honrada. Yo le odio, don Jorge; debido a él, vienen a mi casa tan pocos parroquianos. Los viajeros temen ahora atravesar la Mancha, no sea que caigan en su poder. ¡Así le ahorquen, don Jorge, sean los cristinos o los realistas; lo mismo me da!
—Cuando llegué conoció usted al momento que era inglés. ¿Es que vienen a Córdoba muchos compatriotas míos?
—¡Toma!—respondió el posadero—, son mis mejores parroquianos; he tenido en casa ingleses de todas categorías, desde el hijo de Belington hasta un médico joven que curó a esta chica, hija mía, del dolor de oídos. ¿Cómo no he de reconocer a un inglés? Con Gómez vinieron dos que servían como voluntarios. ¡Vaya, qué gente! ¡Qué magníficos caballos montaban, y cómo desparramaban el oro! Venía con ellos un portugués muy noble, pero pobrísimo, un miguelista; según me dijeron, los dos ingleses le sostenían por devoción a la causa realista. El portugués estaba siempre cantando:
El rey chegou, el rey chegou,
E en Belem desembarcou.
Fueron unos días magníficos, don Jorge. Y entre paréntesis, se me ha olvidado preguntar de qué partido es su merced.
A la siguiente mañana, cuando estaba vistiéndome, el viejo genovés entró en mi cuarto:—Signore—me dijo—, vengo a decirle adiós. Ahora mismo me vuelvo a Sevilla con los caballos.