Yo.—¿De qué religión son los colonos?
La ventera.—Son cristianos, como los españoles, como antes lo fueron sus padres. Por cierto he oído decir que venían de unas partes de Alemania donde la religión se practica mucho más que en la misma España.
Yo.—Los alemanes son el pueblo más honrado de la tierra, y como ustedes son sus legítimos descendientes claro está que los robos serán aquí desconocidos.
La ventera me echó una rápida mirada, miró después a su marido y sonrió; el ventero, que hasta entonces había estado fumando sin proferir palabra, aunque con semblante singularmente adusto y descontento, arrojó la punta del cigarro a la lumbre, se puso en pie y, murmurando: ¡Disparate! ¡conversación!, se marchó.
«Ha ido usted a poner el dedo en la llaga, signore—dijo el genovés cuando ya habíamos dejado atrás Moncloa—. Si fueran gente honrada no podrían tener esa venta. Yo no sé cómo serían los colonos cuando llegaron aquí; pero lo que es ahora, sus costumbres no son ni pizca mejores que las de andaluces, y acaso sean algo peores, si es que hay entre ellos alguna diferencia».
A los tres días de salir de Sevilla, ya cerca de anochecer, llegamos a la Cuesta del Espinal, a unas dos leguas de Córboba, desde donde pudimos columbrar los muros de la ciudad, bañados por los últimos rayos del sol poniente. Como aquellos contornos estaban, según me dijo el guía, infestados de bandidos, hicimos lo posible por llegar a la población antes de cerrar la noche. No lo conseguimos, empero, y antes de recorrer la mitad de la distancia nos envolvieron densas tinieblas. La ruindad de los caballos nos había retrasado considerablemente durante el viaje; sobre todo, el caballo de mi guía era insensible al látigo y a la espuela; además, el genovés no era jinete, y acabó por confesar que hacía treinta años no montaba a caballo. Los caballos conocen en seguida las facultades de quien los monta, y el del genovés resolvió aprovecharse de la timidez y debilidad del pobre viejo. Pero casi todo tiene remedio en este mundo. Cansado de andar a paso de tortuga, até las riendas del caballo remolón a la grupa del mío, y sin escatimar espolazos ni palos le obligué a salir al trote o cosa así, y el otro no tuvo más remedio que aligerar los remos. Por dos veces intentó arrojarse al suelo, con gran espanto de su anciano jinete, que me suplicaba una y otra vez que hiciese alto y le permitiera apearse; pero yo, sin hacerle caso, continué dando espolazos y palos con infatigable energía y tan buen éxito que en menos de media hora vimos unas luces muy cerca de nosotros, y al instante llegamos a un río, cruzamos un puente, encontrándonos a la puerta de Córdoba sin habernos roto la nuca ni haberse perniquebrado los caballos.
Atravesamos toda la ciudad para llegar a la posada; las calles estaban oscuras y casi desiertas. La posada era un vasto edificio, de cuyas ventanas, bien defendidas con rejas, no se escapaba el menor rayo de luz; el silencio de la muerte parecía envolver no sólo la casa, sino la calle entera. Largo rato golpeamos la puerta sin obtener contestación; entonces comenzamos a llamar a voces. Al cabo alguien nos preguntó desde dentro lo que queríamos. «Abra usted la puerta y lo verá», respondí. «No haré tal—replicó el de dentro—hasta no saber quiénes son ustedes». «Somos viajeros de Sevilla». «¿Son ustedes viajeros? ¿Por qué no lo han dicho antes? No estoy aquí de portero para dejar a los viajeros en la calle, ¡Jesús, María! Ni hay tantos en la casa que no podamos admitir alguno más. Entre, caballero, y sean bienvenidos usted y su compañía.»
Abrió la puerta, dándonos entrada a un espacioso patio; en seguida afianzó nuevamente la puerta con cerrojos y trancas. «¿Por qué toma usted tantas precauciones?—le pregunté—. ¿Teme usted que los carlistas le hagan una visita?» «Los carlistas no nos dan miedo—respondió el portero—. Ya han estado aquí y no nos han hecho daño alguno. A quien tememos es a ciertos pícaros de esta ciudad, que están reñidos con el amo, y le asesinarían con toda su familia si se les presentase ocasión.»
Iba yo a preguntar la razón de esta enemiga, cuando un hombre corpulento bajó corriendo, con una luz en la mano, la escalera de piedra que conducía al interior de la casa. Dos o tres mujeres también con luces, le seguían. Detúvose en el último escalón, y exclamó: «¿Quién ha venido?» Luego adelantó la lámpara hasta que la luz me dió de lleno en el rostro.
«¡Hola!—exclamó—. ¿Es usted? ¡Quién iba a pensar—dijo volviéndose a la mujer que estaba a su lado, tan recia como él, de atezado rostro, y próximamente de su misma edad, rayana, al parecer, en los cincuenta—que en el preciso momento de suspirar por un huésped se detendría a nuestras puertas un inglés! porque a un inglés le reconozco yo a una milla de distancia, hasta en la oscuridad. Juanito—gritó al portero—: esta noche no abras la puerta a nadie más, sea quien sea. Si los nacionales vienen a alborotar, diles que está aquí el hijo de Belington dispuesto a caer sobre ellos espada en mano si no se retiran, y si llegan más viajeros, cosa que no es de esperar, porque desde hace más de un mes no ha venido ninguno, les dices que no hay cuartos porque los ocupa todos un caballero inglés y su acompañamiento.»