Salida para Córdoba.— Carmona.— Las colonias alemanas.— El idioma.— Un caballo haragán.— El recibimiento nocturno.— El posadero carlista.— Buen consejo.— Gómez.— El genovés viejo.— Las dos opiniones.

Después de estar unos quince días en Sevilla salí para Córdoba. Hacía ya algún tiempo que no circulaba la diligencia, debido al turbulento estado de la provincia. No tuve, pues, más remedio que hacer el viaje a caballo. Tomé dos en alquiler y ajusté al genovés viejo, de quien ya he hablado, para que me acompañase hasta Córdoba y se volviera después con las cabalgaduras. Aunque estábamos en pleno invierno, el tiempo era despejado, los días soleados y radiantes, si bien por las noches se dejaba sentir el frío. Pasamos por Alcalá, ciudad pequeña, famosa por las ruinas de un inmenso castillo moro, que desde lo alto de una colina rocosa domina un río pintoresco. La primera noche dormimos en Carmona, otra ciudad mora, a siete leguas de Sevilla. Muy de mañana montamos de nuevo y partimos. Acaso no haya en toda España un monumento de los antiguos moros tan hermoso como el lado oriental de esta ciudad de Carmona, sita en la cima de un alto cerro, mirando a una extensa vega, inculta leguas y leguas, donde sólo se crían jaras y carrasco. Por aquella parte se levantan unas sombrías murallas, muy altas, con torres cuadradas a muy cortos intervalos, y de tan sólida estructura que parecen desafiar las injurias del tiempo y de los hombres. En la época de los moros esta ciudad era considerada como la llave de Sevilla, y no se sometió a las armas cristianas sin sufrir un largo y desesperado asedio; la toma de Sevilla siguió poco después. La vega, en que a la sazón entrábamos, forma parte del gran despoblado de Andalucía, antaño risueño jardín, transformado en lo que ahora es desde que por la expulsión de moros de España fué sangrada esta tierra de la mayor parte de su población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa la Mancha y Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos de otros, y aun algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con hijos de un país extranjero.

A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Moncloa, donde hay una venta y un edificio de aspecto desolado con cierta apariencia de château; una palmera solitaria yergue su cabeza por encima del muro exterior. Entramos en la venta, atamos los caballos al pesebre, y después de mandar que los echaran un pienso fuimos a sentarnos a la lumbre. El ventero y su mujer vinieron también a sentarse a nuestro lado. «Esta gente es muy mala—me dijo el viejo genovés en italiano—; como la casa, nido de ladrones; algunas muertes se han cometido en ella, si es verdad todo lo que se cuenta». Miré con atención a los venteros: eran jóvenes; el marido representaba veinticinco años; era un patán de corta estatura, muy recio, sin duda alguna de prodigiosa fuerza; tenía correctas facciones, pero de expresión sombría, y en sus ojos brillaba un fuego maligno. Su mujer se le asemejaba un poco, pero su semblante era más abierto y parecía de mejor humor; lo que más me chocó en la ventera fué el color de su pelo, castaño claro, y su tez, blanca y sonrosada, tan diferentes del pelo negro y atezado rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia. «¿Es usted andaluza?—pregunté a la ventera—. Casi estoy por decir que me parece usted alemana».

La ventera.—No se equivocaría mucho su merced. Es verdad que soy española, pues en España he nacido; pero también es verdad que soy de sangre alemana, puesto que mis abuelos vinieron de Alemania, así como la de este caballero, mi señor y marido.

Yo.—¿Y cómo fué venir sus abuelos de usted a este país?

La ventera.—¿No ha oído nunca su merced hablar de las colonias alemanas? Hay bastantes por estas partes. En tiempos antiguos el país estaba casi desierto, y era muy peligroso viajar por él, debido a muchos ladrones. Hará cien años, un señor muy poderoso envió mensajeros a Alemania para decir a la gente de allá que estas tierras tan buenas estaban sin cultivo por falta de brazos, y prometiendo a cada labrador que quisiera venir a labrarlas una casa y una yunta de bueyes, con lo necesario para vivir un año. De resultas de esta invitación muchas familias pobres de Alemania vinieron a establecerse en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para el caso, que aún llevan el nombre de Colonias Alemanas.

Yo.—¿Cuantas habrá?

La ventera.—Varias. Unas por este lado de Córdoba y otras al otro. La más próxima es Luisiana, que está de aquí dos leguas; de allá venimos mi marido y yo. La siguiente es Carlota, a unas diez leguas de distancia; esas son las dos únicas que yo he visto; pero hay otras más lejos, y algunas, según he oído decir, están en el riñón de la sierra.

Yo.—¿Hablan todavía los colonos el idioma de sus antepasados?

La ventera.—Sólo hablamos español, o más bien andaluz. Verdad que algunos, muy viejos, saben unas pocas palabras de alemán aprendidas de sus padres, nacidos en aquella tierra; pero la última persona de la colonia capaz de entender una conversación en alemán fué la tía de mi madre, porque vino aquí de muy joven. Siendo yo una chica, recuerdo haberla oído hablar con un viajero, compatriota suyo, en una lengua que me dijeron era el alemán; se entendían, pero la vieja confesaba que se le habían olvidado muchas palabras; ya hace años que se ha muerto.