Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado ser un hombre de lo más extraordinario; con su pequeño ejército de aragoneses y vascos dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a España. Muchas veces se vió rodeado por fuerzas triples en número que las suyas y en lugares donde se tenía por imposible que pudiese escapar; pero siempre había chasqueado a sus enemigos, de los que parecía reírse. La Prensa de Sevilla publicaba continuamente noticias absurdas de victorias ganadas contra Gómez; entre otras cosas se dijo que su ejército había sido exterminado, muerto el mismo Gómez, y que mil doscientos prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo vi a los prisioneros: en lugar de mil doscientos desesperados, vi pasar una veintena de miserables, aspeados, harapientos, muchos de ellos mozalbetes de catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente, merodeadores que, no pudiendo seguir al ejército, se habían dejado coger desperdigados por montes y llanos. Luego se supo que no se había dado batalla alguna contra Gómez, y que su muerte era una fantasía. El gran defecto de Gómez era no saber aprovecharse de las circunstancias; después de derrotar a López pudo haber marchado sobre Madrid y proclamar allí a don Carlos; después del saqueo de Córdoba pudo haberse apoderado de Sevilla.

Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré ejemplares del Nuevo Testamento en español, traídos de Gibraltar dos años antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo vivía, algo así como las funciones de valet de place. Al saber que yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen precio y me quedó una ganancia considerable.»

Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y radiante mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada, cuando al pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de la puerta de Jerez, dos individuos, vestidos con zamarras, salieron de la casa a la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero uno de ellos, mirándome a la cara, retrocedió vivamente, y en un francés purísimo y armonioso exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis ojos no me engañan es él; sí, el mismo a quien vi por vez primera en Bayona, y mucho tiempo después bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego junto al Bósforo, y más tarde en... en... Mi querido y respetable amigo: ¿dónde tuve yo la fortuna de ver últimamente su inolvidable y singular fisonomía?»

Yo.—Fué en el Sur de Irlanda, si no me engaño. Allí le presenté a usted al brujo que domaba potros con sólo murmurarles unas palabras al oído. Pero ¿qué le trae a usted por Andalucía? Aquí es donde menos podía yo esperar encontrarle a usted.

El barón Taylor.—Y ¿por qué razón, mi respetable amigo? ¿No es España la tierra del arte? Y dentro de España, ¿no es Andalucía la región donde el arte ha producido sus monumentos más bellos e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante para saber que mi pasión son las artes, y que no concibo placer más elevado que el de contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro. Venga usted conmigo, puesto que usted tiene también un alma noble y sensible capaz de apreciar lo bello; venga usted conmigo y le enseñaré un cuadro de Murillo que... Pero antes permítame usted que le presente a un compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose a su compañero, un caballero inglés que, como toda su familia, me colmó más adelante de infinitas atenciones y obsequios en mis diversos viajes a Sevilla—: permítame usted que le presente a mi amigo más querido y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor que el Chef des Bohémiens à Triana, consumado caballista, y que, lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.[142]

En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y relaciones; pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor; por nadie siento yo consideración ni estima más altas. A sus relevantes prendas personales y a sus cultivados talentos, reúne un corazón de tan rara bondad que continuamente le induce a buscar las ocasiones de hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su felicidad; acaso no existe quien conozca mejor que él la vida y el mundo en sus múltiples aspectos. Sus hábitos y modales son de la más exquisita elegancia y fina cortesía; pero su condición es tan flexible que se acomoda de buen grado a todo género de compañía, por lo que es acogido dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que aumenta en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales producen en todas partes.

Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura, su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de pintura española para adornar los salones de las Tullerías.

El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más imprevistos y en circunstancias singulares. Dondequiera que me encuentra, sea en la calle o en el desierto, sea en un salón brillante o entre las haimas de los beduínos, sea en Novogorod o en Stambul, exclama, alzando los brazos: «¡O ciel! ¡Otra vez tengo la fortuna de ver a mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!»


CAPÍTULO XVI