En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.[140] bueno y sano. Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos. Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política, que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España. Las noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas. Las hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto de visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a Córdoba, y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron que si persistía en entrar en España por donde me había propuesto, caería probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me arredré, a pesar de todo, con plena confianza en que el Señor me abriría camino hasta Madrid.
Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y en dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad gran confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en la calle de la Niveria,[141] y me dieron para dormir una especie de desván o guardilla, pues la casa, famosa por su excelente table d’hôte, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias; pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su ayuda. Como no tenía ganas de hablar de política me fuí en seguida del café, en busca de los barrios donde vive principalmente la clase baja.
Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado. Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento, y no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen hecho.
El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito español Betis. La mañana era húmeda, y la densa niebla que envolvía el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las seis leguas de recorrido llegamos a la punta Noreste de la bahía de Cádiz y pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos en «El gran río», que tal es la traducción de Wady al Kebir, nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero: las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a gran distancia se columbra la cadena azul de unas sierras altas. El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna.
Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de la desembocadura; la cercan elevadas murallas moriscas bien conservadas, y tan sólidamente construídas, que probablemente desafiarán aún por muchos siglos las injurias del tiempo. Los edificios más notables son la catedral y el Alcázar, o palacio de los reyes moros. La torre de la catedral, llamada La Giralda, pertenece a la época de los moros, y formó parte de la gran mezquita de Sevilla; se calcula su altura en unos ciento quince metros, y se sube hasta el remate, no por escalera, sino por una rampa abovedada a manera de plano inclinado. La rampa es muy poco empinada, de suerte que puede subirse por ella a caballo, proeza cumplida, según dicen, por Fernando VII. Desde lo alto de la torre se descubre una vista muy extensa, y en días claros se columbra la Sierra de Ronda, aunque dista más de veinte leguas. La catedral, insigne monumento gótico, pasa por ser el más hermoso de su género en España. En las capillas dedicadas a diferentes santos están algunos de los cuadros más espléndidos que el arte español ha producido; la catedral de Sevilla es ahora más rica en pinturas de primer orden que nunca lo fué, porque han llevado a ella muchos lienzos de los conventos suprimidos, especialmente de Capuchinos y San Francisco.
Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención al Alcázar, espléndido ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos. Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la muerte de aquel rey.
En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal que se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa de las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el barrio de Triana deriva su nombre.
Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la colina dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que en otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro, enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es de forma oval, y tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste.
Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada por el tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban antaño la arena donde los gladiadores clamaban y los leones y leopardos rugían; todo alrededor, debajo de la gradería, hay una excavación abovedada desde la que, por diversas puertas, los hombres y las fieras se lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio tan singular, abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos silvestres para llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y otros reptiles, cuyos silbidos oí.
Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por otro camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes, que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña.