¿Mueve usted la cabeza, don Jorge? ¡Ja, ja, ja! Soy joven, y la juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en obsequio a usted, que es inglés y monró[138], no cantaré eso, sino una canción liberal patriótica: el himno de Riego. ¡Hasta después, don Jorge!
CAPÍTULO XV
El vapor.— El cabo de Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El Nuevo Testamento.— Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— El encuentro.— El barón Taylor.— La calle y el desierto.
En los primeros días de noviembre[139] surqué de nuevo el mar con rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después de los sucesos referidos en el capítulo anterior, con objeto de consultar a mis amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en España. Resolvimos imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes posible, y se convino que yo me encargaría de la tarea un tanto ardua de distribuirlo. Breve fué mi estancia en Inglaterra; el tiempo era precioso y ansiaba yo encontrarme de nuevo en el campo de acción. Me embarqué en el Támesis, a bordo del vapor M... La travesía hasta Falmouth fué muy desagradable. El barco iba atestado de pasajeros, pobres tísicos en su mayoría o gente valetudinaria que huía de las frías celliscas invernales de Inglaterra a las costas soleadas de Portugal y Madeira. Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco más incómodo, sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños y faltos de ventilación; el mío era de los peores, porque los demás estaban tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la asfixia que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje echado en el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth veinticuatro horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía desperfectos importantes.
El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar gruesa, el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana del cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte del cabo de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era el primero que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que conocía muy poco o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron a última hora, apresuradamente, porque su predecesor renunció el mando, fundándose en que el barco no podía aguantar la mar y en las frecuentes averías de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al ver que el barco se acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse a unos cientos de varas de distancia de ella, mi alarma hubiese sido mucho mayor de lo que fué. No dejé, con todo, de sentir profunda sorpresa, pues como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor, había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente, y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible, y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco o nada.
A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán, el trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo, que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por las frecuentes exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de súbito, la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que pendía nuestra existencia dejaron de funcionar.
No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se produjo; puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo es reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él como la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la máquina, y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron las velas y realizaron todas las maniobras posibles para salvar el barco de una destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por desgracia, teníamos la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía la rugiente tempestad. Me hallaba yo en tales instantes cerca del timón y pregunté al timonel si había alguna esperanza de salvar el barco, o al menos nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me respondió—. Con esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes de una hora el barco chocará contra el Finisterre, donde el buque de guerra más fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente. Ninguno de nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el capitán informó a los demás pasajeros del peligro que corríamos y les dijo que se preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y que no se permitiese a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en mi puesto, no obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando, en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos había empujado hacia ella.
Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se habían librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo de mi corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.»
Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela, trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar. También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13 llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones necesarias.