De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la calle de Carretas, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre, en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada en mano y con uniforme de general, montado en un pura sangre inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del toril.

Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta distancia, otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea en contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los dragones hicieron alto en cuanto entraron en la Puerta del Sol. Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral; el populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía, retirándose por la calle del Comercio y la calle de Alcalá. Le vi también lanzarse de golpe contra dos nacionales que intentaban escaparse, separarlos de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra dirección, golpeándolos despreciativamente con el sable de plano. El general gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente debajo de mí, en medio de unos grupos que aún no habían cedido el campo, acaso porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un instante el cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y una bala estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca le pasó que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio de donde partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la gente echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció favorecido por la confusión que se movió.

Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución; díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes, resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto, Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante de la Casa de Postas, con un aire que parecía retar a toda la humanidad.

Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su día postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién, por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción en la Puerta del Sol fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo», que durante su acometida grité muchas veces: «¡Viva Quesada!», y le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca a ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto tiempo con Romany Chals[134] y Petulengres[135] que no puedo tener más política que la política de los gitanos, y bien sabido es que al llegar las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los dos bandos opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el triunfo a los dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está ganada, se alistan sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo repito, mi interés por Quesada nació al contemplar la firmeza de su corazón y su maestría de jinete. La tranquilidad quedó restablecida en Madrid para el resto del día; el pelotón de infantes vivaqueó en la Puerta del Sol. No se oyeron más gritos de viva la Constitución; la revuelta parecía efectivamente dominada en la capital. Es lo más probable que si los jefes del partido moderado llegan a tener confianza en sí mismos por cuarenta y ocho horas más, su causa hubiera triunfado y los soldados revolucionarios de La Granja se hubieran dado por contentos devolviendo a la reina su libertad y aceptando una avenencia, porque se sabía que varios regimientos leales se acercaban a Madrid.

Pero los moderados no tuvieron confianza; aquella misma noche sus corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: Istúriz y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El pánico de los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido de paisano. Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en una aldea, a tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución. En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo, algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los nacionales»—dijo un paisano a Quesada. «Entonces—respondió—estoy perdido»; y luego se preparó para la muerte.

Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso[136] capaz para varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo día estaba yo sentado en el café consumiendo una taza del oscuro brebaje, cuando sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos; causábanlos los nacionales, que volvían de su expedición. A los pocos minutos entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en dos, cogidos del brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta al espacioso local, cantando a coro con fuertes voces la siguiente bárbara copla:

¿Qué es lo que abaja
por aquel cerro?
Ta ra ra ra ra.
Son los huesos de Quesada,
que los trae un perro.
Ta ra ra ra ra.

Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre una mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento de silencio, interrumpido por una voz tonante: «¡El pañuelo!» Sacaron un pañuelo azul, en el que llevaban algo envuelto; lo desataron, y aparecieron una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos seccionados, con los que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas, tazas!»—gritaron los nacionales...

—¡Eh! Don Jorge—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una taza de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso glorioso. Hoy es un día afortunado para España y para los valientes nacionales de Madrid. He visto más de una función de toros, pero ninguna me ha causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de las suyas, pero hoy los toreros han podido más, como usted ve, don Jorge. Hágame el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a mi casa a buscar mi pajandi para divertir a compañeros tocando y cantar una copla. ¿Qué copla? ¿Una copla en gitano?

Una noche sinava en tucue[137].