Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa, y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado, había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que, cualquiera que fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos uno liberal, se atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el embajador inglés era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí en el asunto.

Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz me impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España. El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro, quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y, en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el suicidio.

Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz le sobraban motivos para entristecerse: menos de una semana después estalló la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio real enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a unas doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había ido a La Granja, por apartarse del descontento de la capital y gozar del aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro, monumento del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó el trono de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus mismos guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios de la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico absoluto, que los moderados intentaban resucitar en España. Una madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos y los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa; pero como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno de los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y con los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba el atezado sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los Borbones de Nápoles. «Entonces morirá tu cortejo», replicó el sargento. «Adelante, muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en la cabeza a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al muro, le obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles, y un momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad, si la reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su corazón de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y gritando: «¡Alto, alto! Firmaré...»

Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío, pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos corrían gritando: ¡Viva la Constitución!; grito que se hubiera pagado con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado unas cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A veces oíanse estas palabras: «¡La Granja! ¡La Granja!», seguidas siempre del grito de: «¡Viva la Constitución!» Frente a la Casa de Postas estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo, algunos de los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire, sumándose a las aclamaciones generales, animados por el ejemplo de su comandante, oficial joven y guapo, que blandía la espada y gritaba con júbilo: «¡Viva la reina constitucional! ¡Viva la Constitución!»

La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de uniforme, pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían quitado, aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a Baltasar, vestido como la primera vez que le vi: con un gran capote de regimiento, ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del Gobierno moderado?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya a los ministros?» «Aún no, don Jorge—dijo el soldadito y sastre—, aun no; esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es un toro bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero no hay que temer, don Jorge; la reina es nuestra, gracias al valor de mi amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, don Jorge, verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al decir esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba oculto, pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos, y con la cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la multitud.

Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados por la calle Mayor, o calle principal que corre desde la Puerta del Sol en dirección a Palacio; podían ser unos veinte hombres, y a su cabeza marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente, ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar: «¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes, hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y formaron las filas.

—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D..., del Morning Chronicle, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen consejo?

D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa, que parecía significar... (lo que el amable lector crea más del caso), me agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande, frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la inquilina del étage el uso de la habitación de la calle por aquel día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz, dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la plaza.

¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus tareas informativas, son en verdad notables. En París, durante los tres días[133], los vi mezclados con la canaille y los gamins detrás de las barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y los desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra unos parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando notas en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran haciendo información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury Square. En España, varios de ellos acompañan a las guerrillas de los cristinos o de los carlistas en algunas de sus expediciones más arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival.

Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de pronto el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo por la calle de Carretas. La casa en que estábamos se hallaba, como ya he dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda, mirando desde el Norte, desemboca aquella vía en la Puerta del Sol; a medida que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la multitud, como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos veces, sin embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los soldados de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero los de caballería, y el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y miedo a la vez, cambiando unos con otros palabras precipitadas.