—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un Herzog en su país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna le mantendrán con esplendor a expensas del tesoro público, en consideración a servicios prestados al Papa y al Rey de España.

Lieber Herr—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis mulas, con un tesoro, un gran Schatz, que hay en la iglesia de Santiago de Compostela.

—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya no quedan en las catedrales españolas más tesoros que unos pocos ornamentos mezquinos y unos cuantos utensilios de plata.

—Mi buen Herr alemán—dijo Benedicto—, no se trata del Schatz de la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran botín traído de Portugal. Consistía en moidores de oro y en un paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el Schatz. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela, sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he hecho durante varios años. Es una Hax[132] muy grande, y dice que si la abandono, me echará un sortilegio del que no me libraré nunca. Dem Got sey Dank, ahora está en el hospital, para morirse de un día a otro. Tal es mi historia, lieber Herr.

He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque en el curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus aventuras subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última de todas causó gran sensación en España.


CAPÍTULO XIV

Estado de España.— Istúriz.— Revolución de La Granja.— La revuelta.— Síntomas alarmantes.— Los corresponsales de periódicos.— Arrojo de Quesada.— La escena final.— Fuga de los moderados.— El café.

Entretanto, las cosas no iban bien para los moderados; impopulares en Madrid, lo eran aún más en las otras ciudades importantes de España; en la mayor parte de ellas se constituyeron juntas administrativas locales que se declararon independientes de la reina y de sus ministros y rehusaron pagar las contribuciones, no tardando en verse el Gobierno muy apurado de dinero. No se pagaba al ejército y la guerra languidecía, quiero decir por parte de los cristinos; porque los carlistas la proseguían con mucho vigor; sus guerrillas, en partidas, recorrían el país en todas direcciones, mientras una fuerza importante, al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a España entera. Para remate de todo, se esperaba una insurrección en Madrid de un día para otro, y, por precaución, fueron desarmados los nacionales, medida que aumentó enormemente su odio al Gobierno moderado, y, sobre todo, a Quesada, a quien se atribuyó esa iniciativa.

Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de adelantar mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía machacando en el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos mis esfuerzos. Por las muestras, había contagiado a su jefe sus ideas personales sobre el asunto, porque el duque, al verme en sus audiencias, no me hacía más caso que dedicarme una mirada desdeñosa; y en cierta ocasión, como me adelantase hacia él para hablarle, se escapó por la puerta más próxima. No le volví a ver desde entonces; me disgustó su modo de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas a la Casa de la Inquisición. El pobre Galiano continuaba dándome pruebas de su inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que no había ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El duque—me dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro día suscité el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de Trento, y habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno; le respondí yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito de función, de lo que se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—, ¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer, nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.»